No equivocarse de enemigo
Os transcribimos a continuación el artículo
de María Tardón, Jueza presidenta de la Sección 27 de la Audiencia Provincial
de Madrid de violencia contra la mujer, publicado en prensa recientemente (fuente )
Escribía hace poco en este mismo sitio
sobre la fobia que parecíamos despertar los funcionarios públicos en algunos destacados
representantes políticos, empresariales y financieros.
Siento, por ello, tener que volver sobre el tema. Pero, aun a riesgo de parecer
pesada, creo que los últimos acontecimientos hacen que quienes desempeñamos una
función pública no tengamos más remedio que salir al paso de tanto ataque, de
tanta descalificación y de tanta injusticia.
Y decir, aunque sea por enésima vez, que la estabilidad en el empleo de los
funcionarios no es un privilegio para ellos, sino una garantía de toda la sociedad. Porque
sirve para preservar la neutralidad
ideológica de la administración y los servicios públicos frente a los avatares
de los cambios de gobierno, y su instrumentalización por quien,
en cada momento, pueda detentar el poder político.
Que, además, y en cuanto oportunidad de empleo, está abierta absolutamente a
todos los españoles, con arreglo a estrictos principios de igualdad de
participación, y selección por mérito y capacidad, demostrados a través de las
pruebas que en cada caso correspondan.
Y que, una vez que, tras muchos años de sacrificio, ha obtenido su plaza, lo
normal es que el funcionario público se deje la piel intentando desempeñar el
destino que le toque, con todo el ánimo y la ilusión de quien ha decidido
dedicar su vida al servicio público. No a vaguear, o tomando
"cafelitos", como decía, hace poco, el Secretario de Estado de
Administraciones Públicas, seguramente con una intención bien premeditada.
Porque, a continuación, se ha desatado toda una carrera de descalificaciones, especialmente, por parte
de los distintos "voceros" replicantes que menudean por tertulias y
magacines, tras las cuales, se reducen los sueldos, se suprimen pagas y
permisos y se aumenta el horario laboral de los funcionarios públicos.
Es decir que, primero, se insulta, se encizaña, se indispone a la opinión
pública contra los funcionarios, para generar un clima adverso y hostil contra
ellos. Y, a continuación, ya se dispone de coartada para aplicarles unos
recortes en derechos económicos y sociales, yo creo que, en buena medida,
claramente inconstitucionales.
Y que a mí me parece que responde al mismo criterio que cuando se dice que se
sube el IVA, porque no todo el mundo
paga lo que debería. O que se reducen las prestaciones por
desempleo, para "incentivar" que los parados busquen trabajo.
Que, sin embargo, y sorprendentemente, no generan el reproche general hacia
quienes así se expresan, desde la responsabilidad, además, de perseguir los
fraudes que se produzcan, o de establecer las condiciones necesarias para
generar empleo. Por el contrario, en muchos casos, da lugar a que se produzca
un cierto enfrentamiento social de reproches cruzados entre los distintos
colectivos de quienes, finalmente, terminan, todos ellos, resultando víctimas,
perjudicados por tales decisiones.
Sería, por ello, fundamental, que nadie se llame a engaño ante tales
manifestaciones, que parecen dirigidas a despertar la visceralidad de unos
trabajadores-ciudadanos-contribuyentes contra otros, para desviar la atención e
intentar justificar decisiones de difícil, cuando no imposible sustento.
Esos funcionarios cuyo rechazo tanto se fomenta, no son esa caricatura de los
manguitos y la gorra de hule que desde esas posturas se sugiere. Son los médicos y demás sanitarios que, además, tienen que
multiplicarse para atender a cada vez más pacientes, con menos
recursos personales. Y lo mismo los maestros. O los policías, guardias civiles,
bomberos, funcionarios de prisiones, o inspectores de Hacienda que, ante los
déficits de plantillas tienen que asumir, a base de horas extras, que ni
siquiera se les retribuyen, unos servicios cada vez mayores.
¿Y en la Administración de Justicia?. No es posible que quienes así nos
descalifican desconozcan los datos públicos y constatados de la cada vez mayor
y más inabarcable carga de trabajo de jueces, fiscales, secretarios judiciales
y demás funcionarios que, según las estadísticas judiciales, año a año van
incrementando el número de asuntos resueltos.
No puedo entender, por ello que quienes
tienen la responsabilidad de gobernarnos recurran a comportamientos tan
inexplicables como lanzar descalificaciones genéricas a quienes tienen el
cometido de garantizar el funcionamiento de los servicios públicos básicos y
esenciales para la sociedad.
Ni siquiera si lo hacen para justificar
la reducción de sus retribuciones
económicas hasta extremos que, en muchos casos, van a comprometer, incluso, el
límite de su propia subsistencia y la de sus familias.
Primero, y sobre todo, porque es injusto.
Y quienes conocemos, cada uno en su área, cómo se prestan los servicios
públicos en otros países de nuestro entorno, podemos afirmar que estamos en los
mejores niveles del resto de los países europeos. Y, en segundo lugar, porque,
lo único que pueden conseguir con ello es afectar al propio crédito de España
como Nación.
Como para que se fíen de nosotros quienes
tienen que prestarnos el dinero para remontar esta situación de bancarrota en
que hoy estamos.
Y claro que hay que reducir gastos en el
sector público. Pero lo que ahora nos recortan a los funcionarios públicos no
va a servir para otra cosa que para ganar algo de tiempo, y taponar sólo alguno
de los numerosos agujeros por los que sí se está produciendo esa sangría
pública de recursos que es la que verdaderamente hay que detener, antes de que
acabe con todo un sistema que no da para más.
Que no es otra cosa que esa megalítica estructura política que han ido generando
en las distintas administraciones públicas, a todos los
niveles, superponiéndolas, normalmente, a la función pública real. No sólo por
parte de los distintos cargos electos estatales autonómicos, locales y
europeos, multiplicados hasta límites tan inverosímiles como innecesarios, sino
toda la cohorte de asesores, consejeros y asistentes personales que cada uno
haya tenido a bien llevarse consigo.
También las miles de empresas públicas
sin más función que la de sustraerse a la aplicación de las normas que tienen
que garantizar el control, la transparencia y la regularidad de toda actuación
administrativa. Y que, de paso, sirven para colocar mucha gente afín, a dedo,
cobrando, en su mayor parte, sueldos muy por encima de la media de los
funcionarios del mismo nivel y ámbito de actuación.
Y podríamos seguir así, enumerando
creaciones de este tipo páginas y páginas: embajadas autonómicas, televisiones públicas, coches oficiales, etc,
etc, etc...Que nos dan idea de que, visto el panorama, ha sido
tal la enormidad del derroche y el descontrol que lo que resulta difícil de
entender es cómo hemos podido llegar hasta aquí, siquiera.
Y mientras no se acabe con toda esa
anormal superestructura, ninguno de los sacrificios aislados de funcionarios,
desempleados, pensionistas, ni contribuyentes va a servir para otra cosa que
para irnos deteriorando cada día un poco más.
De las distintas quejas que un
informativo recogía de los funcionarios que se manifestaban en una ciudad
española, me llamó la atención una señora que decía: "Los derechos que
hemos adquirido en veinte años los estamos perdiendo ahora en dos días"...
Porque es lo mismo que podrían decir
muchos millones de españoles, afectados por otros recortes y otras medidas. No
nos equivoquemos, pues, a la hora de decidir con quién tenemos que enfadarnos.